Vivía junto al T. rex y no comía carne: el “pollo del infierno” era frutero
Un dinosaurio con pico, del tamaño de un guajolote, masticaba fruta como los loros. Es el primero que se conoce con esa dieta.

Cuando piensas en el mundo del T. rex, seguro imaginas dientes, rugidos y carne. Pero a su lado caminaba un dinosaurio chiquito, del tamaño de un guajolote, que en lugar de cazar se dedicaba a algo mucho más tranquilo: comer fruta. Se llama Infernogallus jamesi, que quiere decir algo así como “pollo del infierno”, y sería el primer dinosaurio conocido especializado en comer frutos.
¿Por qué “pollo del infierno”?
Por el lugar donde apareció: la Formación Hell Creek (“arroyo del infierno”), unas rocas que se extienden por Montana, Dakota del Norte, Dakota del Sur y Wyoming, en Estados Unidos. Ahí vivió hace unos 66 millones de años, junto al T. rex y el Triceratops.
Era un ovirraptorosaurio de la familia de los cenagnátidos: dinosaurios con plumas, sin dientes, con pico y con un aire bastante de ave. Pesaba alrededor de 12 kilos y, aun siendo adulto, era de los más pequeños de su grupo.
Un cráneo que nadie había visto
Lo más valioso del hallazgo es su cabeza. Los cráneos de estos dinosaurios son tan delicados que casi nunca se conservan, así que durante más de un siglo los científicos no sabían bien cómo eran. Este es el primer cráneo casi completo y articulado de todo el grupo.
El estudio salió en la revista Nature Communications y lo encabezó Gregory Funston, de la Universidad Stony Brook, con colegas del Museo Real de Ontario (ROM), en Canadá, y del Servicio Geológico de Dakota del Norte. Como parte del cráneo llegó aplastado, el equipo usó tomografías para separar cada hueso en la computadora y reconstruirlo como era en vida. El fósil hoy se exhibe en el ROM, en Toronto.
Masticaba como tú, no como el T. rex
El T. rex mordía de arriba abajo, como una trampa. El “pollo del infierno” tenía los huesos del paladar curvados hacia abajo, y eso hacía que sus músculos de la mandíbula jalaran de adelante hacia atrás. Así podía deslizar el pico y machacar la comida en la boca, entre crestas y surcos, como en un molcajete.
Ese acomodo de músculos es rarísimo. Hoy solo se ve en animales que mastican mucho, como los humanos, y en algunos loros que se especializan en fruta, como el loro de Pesquet. Según el equipo, su cráneo estaba hecho para quitarle la pulpa a frutos con hueso, algo así como un durazno o una ciruela. Además, no se le encontraron piedras en el estómago, que muchos dinosaurios herbívoros tragaban para moler plantas.
Lo que todavía no se sabe
La sorpresa es doble, porque estos dinosaurios vienen de la rama de los carnívoros. Sus parientes se fueron volviendo comedores de fruta justo cuando las plantas con flor se extendían y sus frutos se hacían más grandes y variados.
¿Ayudaban a sembrar árboles al tirar las semillas, como hoy hacen aves y murciélagos? Es una idea muy bonita, pero los propios autores dicen que ese papel todavía no está claro. Por ahora, lo seguro es que en el mundo del T. rex también había quien prefería el postre.
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